lunes, 27 de octubre de 2014

Bebé al horno


Era una noche de luna llena y cielo estrellado, nuestras sombras tiritaban impasibles a la luz del fuego de la chimenea, podía sentir cierta parsimonia en el aire, un factor que resulta fundamental cuando vas a pasar la noche en compania del amor de tu vida. Ella estaba hermosa en su vestido rojo con lentejuelas y tacones de encaje, era difícil controlar mi encanto y admiración; esa sonrisa, esos ojos, la forma en que se mordía el labio cuando le decía un piropo; su hermosura era sólo comparable con la de un ángel. No podía notarse a simple vista, pero estaba sumamente nervioso, mis piernas y mis manos temblaban constantemente; el miedo a decepcionarla daba vueltas en torno a mi sien igual que un revolver cargado. Por ese motivo dediqué especial y excesivo cuidado en la decoración, de modo que todo estuviera perfecto según su gusto. Adorné la mesa con velas blancas y rosas de todos los colores, limpié cada mueble, cada rincón, perfumé las servilletas con fragancias tropicales, incluso compré cortinas nuevas para combinar con la alfombra; ella es diseñadora de interiores, y dice que para lograr un ambiente ideal es fundamental que las cosas se complementen entre sí, tal como sucede con las personas. 
La velada se convirtió en un rotundo éxito conforme avanzó la primera hora, ambos estábamos muy felices de vernos, no sé si notó cada detalle o cada cosa que hice para agasajarla, pero tampoco fue necesario, estuvo muy a gusto en todo momento y eso es más de lo que puedo pedir. 
La cena aún no estaba lista cuando el reloj marcó las diez, así que a fin de aminorar la espera descorché una botella de vino importado -el cual vaciamos en menos de veinte minutos- y con Marcos Antonio Solís sonando en la radio nos pusimos a hablar de todo aquello que no habíamos hablamos durante la hora y media anterior: del trabajo, de nuestras familias, de lo mucho que ansiábamos viajar a Italia el verano próximo, pero hubo un tópico que sobresalió por sobre todos los demás; el amor, mejor dicho, nuestro amor. El mismo amor que nos unió aquel día soleado en el parque, el que perdura intacto desde hace 2 meses, el que hoy nos completa y protege, el único que necesitamos para ser felices. 
De repente, la alarma del horno sonó desde la cocina.
-La cena está lista, ya vengo. 
Me levanté y fui a buscar la comida, al volver, una sonrisa se dibujó en su rostro apenas me vio traer su platillo favorito por excelencia: bebé al horno.
-Dios, no puedo creer que te hayas molestado -dijo asombrada.
-No es nada -repliqué a mi vez.
Dejé la criatura sobre la mesa, y con tenedor y cuchillo en mano la miré arqueando la ceja.
-¿Pierna o muslo? -pregunté gentilmente.
-Pierna -respondió mientras me entregaba su plato.
Descuajé una pierna y se la serví junto a una generosa porción de intestinos. Yo opté por un brazo, y para acompañar, las orejas. No le pregunté si las quería, a ella nunca le gustaron, dice que tienen poca carne y son difíciles de masticar.
-Está estupendo -dijo tras el primer bocado- ¿Cuánto tiene?
-Nueve meses, era el último que quedaba en el supermercado.
-No tenías que comprar uno tan grande, seguro te salió carísimo.
-Nada es caro si es para vos, sos la persona más especial en mi vida, te amo.
Su cuerpo se congeló de pies a cabeza, pude notar por el brillo en sus ojos que aquellas palabras la conmovieron profundamente.
-Yo también te amo -replicó con la boca llena de tripa.
Acto seguido brindamos por nuestro amor e intercambiamos miradas de afecto que perduraron toda la noche. Luego, cuando las velas se derritieron y el último rincón carnoso de aquel bebé fue devorado, fuimos tomados de la mano a la cama, donde nos entregamos a los brazos del otro e hicimos el amor hasta el amanecer.

Fin. 

2 comentarios:

  1. *o* Elmo sabe donde vives

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    1. ¿También sabe que tengo una escopeta cargada y lista para usar? ;)

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