viernes, 12 de octubre de 2012

¿Qué Le Pasa a La Gente?

Actualizado por última vez el 3 de Noviembre de 2012



No entiendo porqué la gente se escandaliza tanto cuando les hago preguntas sobre sus propias muertes. Por más que lo intente, no puedo encontrar una razón valida. Morir es la cosa más normal del mundo, ¿Por qué todos pierden los cabales cada vez que traigo luz sobre esta verdad? La muerte puede incluso ser hermosa si estamos dispuestos a asumir una postura sumisa y reflexiva. Entonces...¿Qué mierda les pasa?

Ayer mi mamá y yo visitamos a la tía. Ella tiene 89 años, vive sola y no hace otra cosa que echarse en el sofá a mirar telenovelas, comer, fumar y dormir. Es la típica octogenaria amargada y apática incapaz de ver algo en el futuro. No debido a sus cataratas, sino a una fuerte depresión y melancolía característica de la vejez. A mucha gente mayor le pasa...quiero decir, no hay que ser un genio para saber que sus días están contados, pocas personas gustan de levantarse por la mañana y encontrar un rostro arrugado, cansado y próximo a morir observándolos en el espejo del baño. La tía se sentía más abatida que de costumbre, así que a mamá se le ocurrió hacerle una visita sorpresa para animarla un poco. Al principio las cosas no fueron tan mal. La pobre no recibe visitas todos los días, así que estaba muy emocionada de vernos. Primero nos ofreció un exhaustivo tour por la casa. Visitamos cada habitación, cada baño, cada rincón polvoriento...y luego de aburrirnos por casi media hora relatando detalles bastante desagradables sobre su operación de la vista, se dignó a enseñarnos algunas de sus posesiones más preciadas: antigüedades extravagantes y sumamente costosas; desde anillos con diamantes de colores incrustados, hasta medallas de la segunda guerra mundial, el tipo de cosas que esperás encontrar en los aparadores de un museo.  

Llegué a la ingenua conclusión de que quizás el día no sería tan espantoso, pero conforme el sol descendía y la energía de mi MP4 llegaba a su fin, dicha teoría quedó sepultada bajo asfixiantes toneladas de fastidio y desesperación que la tía y su queridísimo álbum de fotos familiares me echaron encima. El aburrimiento alcanzó su punto crítico cuando llegó la hora de tomar el té. La tía irrumpió en la sala llevando una bandeja plateada con delicadas tazas rosadas y pastel de manzana fresco como el amanecer. Dios, todavía puedo recordar su semblante; lucía un brillo encantador en los ojos y una sonrisa imborrable en sus labios que dejaba al descubierto todos sus dientes de porcelana. Mientras me dedicaba a matar el aburrimiento bebiendo té de frutilla y comiendo pastel de manzana, mi mamá y mi tía charlaban sobre el clima y demás cuestiones cotidianas igual de irrelevantes. No puedo explicar porqué, quizá era la desesperación por acallar mis excesivos e interminables bostezos, pero un deseo abismal por integrarme en la conversación nació en lo profundo de mis entrañas y explotó cómo una bomba atómica. Si hay algo que mi familia adora es criticar sin piedad ni remordimiento mi personalidad anti-social y retraída. Así que el momento me pareció ideal para demostrar que no soy ningún ogro de las cavernas y probar de una vez por todas que soy perfectamente capaz de mantener una conversación amena y fluida como cualquier otro individuo. 

Mi oportunidad llegó cuando ambas se callaron para beber otro sorbo de ese maloliente e insípido té. Miré a mi tía, ella me devolvió el gesto con una sonrisa y me pidió amablemente que le alcanzara una servilleta, allí fue cuando supe que era el momento. Tragué saliva, separé de a poco mis labios e hice lo que se supone hace una persona civilizada y racional: socializar. 
Le pregunté qué color le gustaría para su ataúd y en qué cementerio quería ser enterrada. Lo hice con total normalidad, en ningún momento le falté el respeto, se los juro. En lugar de una respuesta, lo único que recibí fue un minuto de puro silencio fúnebre que pareció eterno. Mi mamá agachó la cabeza con disimulo y se dedicó a observar la pintoresca alfombra árabe que cubría el suelo del departamento. La tía dejó su taza de té a medio terminar sobre la mesa, y sumida en una parsimonia excepcional se marchó a la cocina sin responder a mi interrogante, ni siquiera me miró, sólo se fue y cerró la puerta.

No entiendo porque el disgusto, en serio. Morir es más normal que ir al baño, a mí no me molesta hablar sobre el final de mi existencia, de hecho, lo hago todo el tiempo y con mucha normalidad. Por desgracia, la tía no lo tomó nada bien, creo que todavía estaba llorando cuando nos fuimos. Mi mamá tuvo la decencia de contener su rabia hasta que llegamos a casa, una vez allí dio rienda suelta a su furia y descargó una generosa lista de insultos contra mi persona, entre los cuales figuraban palabras un tanto filosas pero ya conocidas como "enfermo", "desgraciado" e inclusive "hijo de puta". Honestamente, no siento como si hubiera hecho algo malo para la tía, todo lo contrario; al indagar sobre los detalles de su velorio lo único que buscaba era ayudarla. Quizás es ella la que tiene un problema de comunicación y debería ver a un psicólogo. ¿A quién no le gusta hablar sobre una celebración futura? A nadie, y menos cuando vas a ser el centro de toda la atención.

No sé que voy a hacer...tal vez debería cerrar el pico y dejar que las personas "normales" vivan felices y contentas mientras ignoran el inevitable final que se cierna sobre sus patéticas y miserables vidas. Nadie quiere hablar de su propio funeral, de su propia autopsia, de su cadáver, de la muerte...nadie. Me siento como un enfermo mental, como la oveja negra del rebaño que corre durante la noche mientras sus compañeras tratan dormir. Toda mi vida sentí una fuerte atracción hacia la muerte y lo relacionado con el final y la caída de los seres vivientes, pero no fue hasta el 2007 cuando empecé a escribir cuentos sobre todas esas cuestiones tales como el suicidio, la automutilación, las drogas, los asesinos, el amor, la soledad, la locura, y por supuesto, la muerte. 


Gallinas...cuando el día finalmente llegue y al abrir los ojos te encuentres postrado en la cama de una mugrosa habitación de hospital, completamente solo, asfixiado por tubos y maquinas extrañas a tu alrededor...no digas que no te lo advertí. Las dulces dosis de morfina que inyecta la enfermera en tus venas pueden llevarte hacia una estrecha grieta sólo existente entre la realidad y el sueño eterno, pero aún así, delirando, balbuceando frases sin sentido y temblando como un cachorro asustado, nada evitará que recuerdes mis palabras y te arrepientas hasta tu último aliento.

Es mejor coquetear con la muerte mientras eres joven a arriesgarte y ser violado por ella cuando ya eres mayor.


!Así que no lo olviden niños, algún día todos vamos a morir!






Por cierto, no me olvido de los haters, esto va para todos ustedes: .l. 
Patean y chillan porque la tienen adentro. Lo lamento mucho, pero un grupito de pubertos frustrados con menos vida que Pinocho no me quita el sueño por las noches. 
Van a tener que hacer algo mejor que desvalorar al Blog si lo que buscan es cabrearme. Lidié con demasiados imbéciles durante mis años en la secundaría como para saber que siempre hay un idiota esperando a la vuelta de la esquina. 

Escuchen mi consejo: dejen de lanzar mierda por la boca y consíganse una vida, hagan algo productivo en lugar de sentarse a chupar oxígeno y hacerse los malos detrás de una pantalla. Maduren de una vez, por favor, siento lástima por sus madres. Con esta aclaración doy por terminado el asunto, los haters suelen ser bestias de paladar negro y por lo tanto requieren una dosis constante de atención y patadas en el culo, algo que por desgracia, no puedo ofrecer. Cuando empiece un Blog sobre perras histéricas serán los primeros en enterarse. 

"Ladran sancho señal que cabalgamos"


3 comentarios:

  1. Siempre pasa, decir "muerte" es mala palabra, pero no se dan cuenta que pensar en ella puede liberarte de un montón de peso y de algún u otro modo te dejarías de mentir.

    "ladran sancho señal que cabalgamos" <Exacto

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  2. Me has dado en que pensar.
    tu relato fue muy profundo! me gustò.

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