sábado, 1 de septiembre de 2012

Facturas

Ayer pasé por la panadería para comprar media docena de facturas, resulta que sin facturas frescas no puedo tomar la merienda, es una especie de costumbre muy arraigada que no consigo suprimir de mi sistema. Paso a explicarles los hechos cronológicamente: Entro al local como si nada, saco numero y a la brevedad soy atendido por una chica de pelo rubio bastante amable, elijo las facturas en cuestión; tres vigilantes con crema pastelera y tres tortitas negras, como siempre, ella las guarda en una bolsa marrón, luego en otra transparente, finalmente deja el paquete sobre el mostrador y me comunica el valor total del producto: 16 pesos.
Abro mi billetera y extraigo una generosa cantidad de dinero, la mayoría de los billetes eran de cinco y diez pesos, así que inspecciono el interior por segunda vez y me llevo una grata sorpresa cuando descubro uno de 50. Saco cuidadosamente el billete y lo dejo al lado de la caja registradora, la chica se queda en silencio por unos segundos, examina con desconfianza el billete, me vuelve a mirar y dice lo siguiente:
"¿Ay, no tendrás más chico? (Léase con voz de cajera estúpida)
Le doy una mirada fría, casi cortante, ella exhibe una expresión de lastima ante la incomoda situación y se muerde el labio, y entonces lo comprendo, en ese preciso instante es todo o nada: no hay tiempo para pensar, debo actuar y pronto. 
Me encojo tímidamente de hombros, pongo ese tono de voz que acostumbro usar con los chicos de la calle y le contesto:
"No, no tengo, disculpame pero no puedo" desafortunadamente, olvidé por completo que tenía varios billetes de cinco y diez pesos a plena vista en mi mano derecha y que todo el mundo ya lo había notado...incluyendo a nuestra querida cajera...
La chica me regala su mejor cara de desprecio y rencor, literalmente me está diciendo que soy una mierda con la mirada, acto seguido guarda los cincuenta pesos en la caja registradora y extrae todo el vuelto que me corresponde. Me voy de la panadería con las facturas y más vuelto en la billetera del que tenía al entrar. 
No sabría explicarles con exactitud que fue lo que pasó, si esa chica me vio cara de pelotudo o si la pelotuda es ella, sea cual haya sido la razón de su estupidez hay algo que le dejé muy en claro: conmigo no se jode. No señor, si te quiero pagar con cincuenta pesos tenes que cerrar el pico y aceptarlo, así funciona el mundo. 
La próxima vez que vaya pienso comprar uno de esos brownies de chocolate que venden a ocho pesos, pero le voy a pagar con un billete de cien, a ver si aprende.


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