sábado, 15 de septiembre de 2012

El Tobogán

Correción de cuento pendiente


EL TOBOGÁN 

Por Adrian Nicolas Raimondi.


Durante el recreo las reglas son simples: queda absolutamente prohibido jugar de mano, todos deben compartir y cuidar los juguetes, nada de insultos o malas formas, nadie se esconde del ojo vigilante de la maestra y por último pero no por eso menos importante, sólo queda divertirse y pasarla bien. Una vez dictadas las reglas diarias de convivencia, los varones se dividen en equipos para jugar a la pelota, al otro extremo del patio, las nenas visten a sus respectivos bebés de plástico con delicadas prendas de lana  y como es costumbre discuten cuál es el más bello.
Miguel tenía un hobby que distaba mucho de asemejarse a los juegos infantiles que inundaban el patio del jardín; su actividad predilecta consistía en llenarse el estomago de sabrosas golosinas: caramelos masticables, chicles de todos los colores, helado de chocolate, gomitas, alfajores, malvaviscos, chupetines, obleas, bombones, etc.
Nada subía su nivel de hiperactividad hasta las nubes como una generosa dosis de azúcar durante el recreo. ¿A qué niño de seis años no le gustan los dulces? Las golosinas funcionan como una droga para ellos, hipnotizan sus mentes, otorgan placer y alegría como nada en el mundo, y finalmente, cuando el éxtasis otorgado desaparece por completo, no les queda más remedio que llorar angustiados, chillar como cerdos y patalear sin cesar. Miguel no era la excepción a la regla, su aspecto rechoncho dejaba en evidencia el encanto que le despertaba todo lo que tuviera azúcar. Su cuerpo, a simple vista, era penosamente obeso para una criatura de seis años, en su cuello una espesa y deforme papada cumplía una suerte de almohada para su mentón redondo y brillante, sus cachetes tenían el color clásico de un tomate y el volumen de un globo, sus ojos marrones se iluminaban como dos faros cuando alguien mencionaba la palabra "postre", siempre que caminaba durante un lapso de tiempo mayor a los cinco minutos terminaba empapado en sudor y jadeando desesperadamente igual que un perro alzado. La gente solía confundirlo con un chico de 12 años, era algo que ocurría con mucha frecuencia, su altura no coincidía con la de un infante, tampoco su peso y menos que menos su hambre voraz, los pediatras y nutricionistas estaban asombrados con su caso, nunca habían visto algo igual, y la polémica no terminaba en los consultorios médicos, el asombro también contagiaba a los vecinos del barrio, incluso las maestras del jardín se pasaban horas juzgando y condenando el carente y nada comprometido accionar de sus padres, y con mucha razón. Sus progenitores, lejos de desalentar los pésimos hábitos alimenticios de su retoño y muy a pesar de las constantes criticas y reproches que recibían, lo avalaban otorgándole golosinas en cantidades industriales, se excusaban diciendo que Miguel presentaba unas rabietas infernales cuando se le negaba un dulce y que ese era el motivo de tanta negligencia, que no podían hacer nada para calmarlo, según ellos, Miguel se transformaba en una fiera iracunda y lo único que saciaba su sed de sangre era una bolsa llena de bombones y caramelos como sacrificio.
Ok, volvamos al cuento: Miguel se trasladó torpemente por el patio de juegos buscando algo que le llamara la atención, si bien lo que normalmente hacía era comer golosinas hasta el hartazgo, de vez en cuando disfrutaba de otras actividades tales como llenar el piso de garabatos con tiza o subirse a las hamacas, era una lastima que nadie tuviera la fuerza necesaria para empujarlo.
Mientras se hurgaba la nariz y lamía despreocupado los restos de chocolate caliente que cubrían sus dedos, alzó lentamente la cabeza y al verlo soltó un profundo suspiro en señal de asombro. Brillaba igual que un diamante en todo su esplendor y gloria; el nuevo y radiante tobogán violeta recién llegado al jardín se robó el corazón y la voluntad de Miguel en cuestión de segundos. 
La compra y el traslado del tobogán al jardín fue posible gracias a la colaboración de la junta de padres, que con mucho esfuerzo, trabajo, dedicación y paciencia, organizaron una rifa para recaudar el dinero necesario, después de todo, un padre quiere siempre lo mejor para sus hijos, bastaba con darse una vuelta por el patio para tomar conciencia del pésimo estado en el que se encontraban los juegos: pintura oxidada, clavos sueltos, caños rotos y una interminable lista de desperfectos similares ponían en riesgo la vida de cualquier niño inocente, era algo lógico, las atracciones debían ser reemplazadas y el tobogán violeta fue un buen comienzo. Anonadado, Miguel se sacó un moco tan verde como las manzanas que crecían en el árbol vecino y se lo limpió en el pantalón de jean, caminó unos metros y se detuvo al pisar la sombra que proyectaba el tobogán. El deslizadero no se asemejaba a los que él recordaba, este poseía una particularidad que lo hacia único en su tipo: la rampa era una especie de tubo cerrado, como un cilindro.
Miguel jamás había visto un tobogán cerrado, era su primer encuentro con uno, esto le despertó un hambre diferente al que acostumbraba saciar: el de la curiosidad.
Rodeó el tobogán y se acercó entusiasmado a la parte trasera, luego observó en silencio cómo sus compañeros luchaban con espadas lazers de plástico y se batían a duelo con pistolas de agua. Convencido de que nadie lo descubriría y determinado a callar las voces en su interior que lo incitaban a sublevarse contra las reglas morales que le habían impuesto desde muy pequeño respecto a los juegos, subió con cautela cada peldaño y una vez en la sima se sentó plácidamente en el borde, observó el interior de aquel encantador tubo violeta; la luz del sol apenas se colaba dentro, estaba muy oscuro, de repente, le pareció escuchar la voz chillona de su madre recitándole una advertencia muy familiar: "Miguel, no te subas al tobogán, ¿Me escuchaste?, Alejate del tobogán" decía, podía escucharla con una claridad que rozaba lo aterrador. A pesar del respeto y la sumisión que supo sembrar en su mente la voz de su madre, esta vez las cosas fueron diferentes, la tentación hacia lo prohibido y la rebeldía ganaron la pelea por knockout. Fiel a su estilo impulsivo y aventurero, se lanzó sin pensarlo dos veces, sintió cómo la gravedad del descenso lo deleitaba con un escalofrió ameno que subió por su espalda hasta llegar a la nuca, su corazón latía eufórico, cómo un tambor de carnaval, era  ciertamente una sensación por demás extraordinaria y un tanto liberadora, por desgracia, las cosas se tiñeron de negro cuando alcanzó a la salida; el viaje se detuvo abruptamente, era cómo si una fuerza mayor e ineludible lo estuviera reteniendo, algo andaba mal; sus piernas salieron con éxito del tobogán, el resto de su cuerpo no tuvo la misma suerte.



1 hora después:

    
Con mucha prisa y cuidado los bomberos rodeaban el perímetro y preparaban el material necesario para el operativo, el tiempo era un factor crucial, las cosas podían empeorar drásticamente en cuestión de segundos, no había lugar para equivocaciones. Un centenar de reporteros, camarógrafos y curiosos se amontonaron en las afueras del jardín con la esperanza de obtener más detalles sobre el peculiar incidente.
Una reportera bastante joven, rubia, alta y bien vestida se posó frente a la entrada, uno de sus colegas contó hasta tres con los dedos y comenzó a grabar, la mujer miró directamente a la cámara y con una generosa sonrisa y un micrófono en la mano dio a conocer los detalles más relevantes del hecho.
-Nos encontramos en la entrada del jardín "Luciérnaga Verde" ubicado en la localidad de la matanza, donde un chiquito de nombre Miguel Gonzales está atrapado en un tobogán, sí, como acaban de oír, el niño tiene seis años y los bomberos están trabajando intensamente para sacarlo sano y salvo, les tendremos más detalles a la brevedad.
Mientras tanto, en el patio de juegos los bomberos trabajaban como esclavos para resolver el asunto, el sol ardiente se encargaba de azotar sus cuerpos, para empeorar las cosas, el viento soplaba un aire cálido y seco y las nubes brillaban por su ausencia.
Los padres de Miguel permanecían de pie a pocos metros del tobogán donde se encontraba cautivo, daban vueltas en círculos, miraban angustiados y preocupadisimos el accionar de los bomberos, de tanto en tanto rezaban por un milagro al cielo, con cada segundo que pasaba recibían una feroz puñalada en el pecho. 
Un reportero y un camarografo consiguieron romper el perímetro empleando una velocidad y precisión sobre-humana, apenas se colaron aterrizaron en sus consternadas caras y exhibieron un micrófono y una cámara como armas de combate.
-Cuentenos señora, para el canal 7, ¿Qué pasó exactamente? -preguntó el reportero sin tapujos ni vueltas.
La madre de Miguel, Rosa Gonzales, se quebró de inmediato.
-No sé que pasó, no me explican bien, dicen que no saben que van a hacer, que lo encontraron así, parece, parece que quiso subir al tobogán y ahora no puede salir -dijo terriblemente perturbada, su angustia y preocupación apenas la dejaban dialogar.
El padre de Miguel, Gonzalo, interviene apenas nota el delicado estado en el que se encuentra su esposa e intenta calmarla con un cálido abrazo y un beso.
-No sabemos que es lo que pasó, no lo podemos entender, siempre le decimos que se aleje del tobogán, le repetimos mil veces que no se suba, no entiendo porque no hizo caso, sabíamos que algo así podía llegar pasar, él es gordito, se subió al tobogán, parece que entró y se tiró pero su cuerpito no pasó por el agujero de la salida y ahora no lo pueden sacar. -agregó.
-¿Si no puede salir cómo explica que haya podido entrar? -preguntó el reportero.
Rosa recupera de a poco la compostura y aun con los ojos vidriosos por la congoja decide tomar el micrófono y contestar el interrogante.
-No sabemos, recién nos habló un experto, no sé de que era, creo que es un bombero, dijo que cosas así pasan, que es más fácil entrar que salir pero no salir que entrar, no sé que me dijo, yo no entiendo nada, yo nada más quiero que me saquen a Miguel del tobogán, lo quiero abrazar, por favor, lo único que les pido es que me lo saquen sano y salvo, por favor se los ruego -aunque no quiere, simplemente no puede evitarlo, se le forma un nudo en la garganta y Rosa se ve obligada a dejar el micrófono por segunda vez, su esposo la contiene mientras ella se larga a llorar como un bebe asustado.
Uno de los bomberos divisa a los periodistas e inmediatamente se acerca para despacharlos.
-Les voy a tener que pedir que se retiren si son tan amables -les ordenó señalando la salida. 
Ambos se abstuvieron de pronunciarse y obedecieron con gusto, en diez segundos estaban fuera del jardín y camino al estudio, no tenia el más mínimo sentido ponerse a discutir, ya tenían lo que habían ido a buscar: un primerísimo primer plano del rostro asustado y agobiado de una madre que llora por el bienestar de un hijo, con un poco de suerte y una desalentadora y deprimente canción de piano como fondo, la entrevista sería suficiente para llegar a un rating decente y salvar la emisión del jueves por la noche.
Las temperatura no daba tregua, el calor agobiante afectaba tanto a los bomberos como a Miguel, que llevaba una hora y media atrapado en el interior de aquella prisión de plástico color violeta. Los bomberos comenzaban a desesperase, el asunto era un autentico dolor de cabeza, el tiempo seguía pasando y las opciones comenzaban a escasear, habían probado con todo: seis de los hombres más forzudos trataron de sacarlo usando vaselina y diferentes tipos de lubricantes, probaron con pinzas de hierro, también con una soga, todo resultó ser un esfuerzo estéril, la última idea consistía en cortar el plástico hasta liberarlo, pero era un plan demasiado arriesgado, al ser tan obeso, su piel estaba "pegada" al borde del plástico.
Los datos que barajaban los rescatistas postulaban que Miguel no estaría atrapado si no fuera por sus piernas; que eran  más gordas y anchas que su cadera y torso, ese era el principal problema: sus piernas, igual que como entró, el resto de su cuerpo podía salir por el agujero sin mayores complicaciones.
-¿Dónde está mi mamá? -preguntaba una y otra vez como un disco rayado.
-Ya la vas a ver, vos acostate y no te muevas -le pedía de vez en cuando uno de los bomberos.
Adentro del tobogán Miguel se sentía como en un espectáculo de sombras chinescas, no podía ver a nadie, siluetas extrañas y voces desconocidas eran lo único que captaban sus sentidos. De pronto, sintió un intenso y molesto hormigueo en sus muslos que se expandió hasta la punta de los dedos de sus pies, se retorció de un lado hacia otro igual que un gusano y movió la cadera en círculos tratando de recuperar la sensibilidad perdida, más nada consiguió vencer al fastidioso malestar que lo atormentaba.
-!Se me durmieron los pies, se me durmieron los pies! -se quejó.
Todos los bomberos se agruparon y en silencio observaron las piernas mórbidas e inquietas que se asomaban por la boca del tobogán, un doctor de anteojos y traje se acercó, se agachó y con un palito metálico tocó su rodilla izquierda.
-Miguel, mi nombre es Raúl y soy doctor, te vamos a sacar de ahí pero primero necesito hacerte algunas preguntas -le dijo.
-Bueno -contestó Miguel.
 ¿Podes sentir esto? -le preguntó amablemente.
-¿Qué cosa? -respondió Miguel.
 -Esto -el doctor lo volvió a tocar con el palo.
-¿Pero qué cosa? 
-¿No lo sentís?
-¿Qué cosa?
-En la rodilla, te estoy tocando con un palito en la rodilla, ¿Lo podes sentir?
Pasaron unos segundos.
-No -respondió finalmente.
-¿Y esto? -el doctor lo pellizcó en el gemelo derecho -¿Tampoco lo sentís?
 -No -dijo por segunda vez.
El doctor, claramente cansado de recibir un no como respuesta, decidió probar con un método más "a la antigua escuela", sacó una fina y reluciente aguja estéril de su maletín y lo pinchó en el tobillo.
-¿Y ahora?, ¿Sentís esto? -le preguntó.
Se hizo un silencio total.
No -contestó.
El doctor guardó la aguja en su bolsillo, miró a los bomberos y se marchó, el equipo entero de bomberos se reunió bajo la sombra del árbol del patio, hablaron por turnos, argumentaron, discutieron, indagaron, luego de diez minutos debatiendo el delicado asunto se pusieron de acuerdo y hallaron la solución necesaria para rescatar a Miguel y salir triunfantes en los diarios del domingo. Fernando, uno de los bomberos más jóvenes del escuadrón se acercó al tobogán para hablar con Miguel, todos en el grupo pensaron que él era el indicado para la tarea porque tenía tres hijos y siempre se la pasaba haciendo bromas y alegrando a todos, además era muy atento y le encantaban los niños.
-Miguel -le dijo el bombero.
-¿Dónde está mi mamá? 
-Miguel escúchame, la vas a ver muy pronto, ella está acá así que no te preocupes
-!Qué venga!, !Díganle qué venga!, !Mamá!
-Miguel escuchame, en diez minutos la vas a ver, necesito que dejes de gritar y que no te muevas, ¿Puede ser?
-Bueno 
-Miguel escuchame, quiero que me prestes mucha atención.
-¿Qué?
-Dejá de mover las piernas, estate quieto.
-!Bueno! -gritó Miguel de muy mala gana.
El bombero hizo una pausa para tomar aire, cerró los ojos y lanzó un suspiro.
-Te vamos a tener que cortar las piernas para sacarte -sentenció.
 -!No!, !No!, !No!, !Mamá!, !Mamá! -comenzó a chillar y a agitarse.
-Miguel, !Miguel!, calmate, es para sacarte, no tenemos otra opción -replico apenado el bombero.
-!Mamá!, !Mamá! -siguió gritando.
-Miguel, ¿Sos un chico valiente? -preguntó el rescatista en un intento desesperado por desviar la conversación hacia aguas más tranquilas.
Como era normal, Miguel se largo a llorar y a temblar, estaba conociendo por primera vez en su vida el significado de la palabra pánico.
-Miguel, tenes que ser valiente, !Cómo un super-héroe!  -le dijo el bombero poniendo una voz juguetona y heroica muy sobre actuada.
-!No quiero! -vociferó Miguel mientras golpeaba las paredes del tobogán con sus puños. 
-No hay otra opción, ¿Sos un super-héroe o no?, ¿Quién es un chico valiente?
Para Miguel era difícil aceptar la propuesta, después de todo, no importa la edad que tengas ¿Quién quiere perder las piernas? nunca las aprecias tanto hasta que ya no están.
-Miguel...enseñales a todos que sos fuerte y valiente, !Mostrále a tus papas y a tus amiguitos que sos cómo Batman, o cómo Superman! Decime, ¿Cuál te gusta más?
-Superman -respondió entre lagrimas y sollozos débiles.
-Bueno, ¿Sabes que haría Superman en un momento así? Él sería valiente y no tendría miedo. 
Ambos se callaron por un instante, a Miguel le resultaba poderosamente atractiva la idea de convertirse en un héroe, siempre fue su sueño, transformarse en alguien como Superman era una propuesta demasiado genial, no podía rechazarla.
-Ahora decime, ¿Quién es valiente?, ¿Quién es un super-héroe? -insistió alegremente el bombero mientras se acomodaba el casco.
-Yo -respondió Miguel en voz baja.
-¿Quién? -volvió a preguntar el bombero.
-Yo -repitió tímidamente.
-!Más fuerte! 
Miguel se limpió los mocos que colgaban de su nariz y sacó todo el pecho y coraje que le fue posible, las palabras despegaron de su boca impulsadas por la potencia necesaria para lanzar un cohete a la luna.
-!Yo! -gritó hasta dañarse la garganta, incluso los bomberos que esperaban pacientemente bajo el árbol del patio escucharon su valiente aullido.
-!Traeme la sierra y una bolsa grande para basura, rápido! -le ordenó el bombero a uno de sus compañeros.
Por supuesto, está claro que Superman destrozaría el interior del tobogán con sus propias manos y saldría volando como un rayo antes de dejarse amputar ambas piernas, el bombero omitió una parte crucial del relato adrede, pero bueno, esto es la vida real y se necesitan soluciones reales, aunque no siempre sean del todo agradables. El resto es un juego de niños, se conecta la sierra, los paramédicos preparan la camilla, la ambulancia y todo el equipo necesario: las bolsas con sangre, los instrumentos quirurgicos y demás utensilios. 
Los bomberos se ven obligados a usar la fuerza  para retirar a los padres de Miguel, ya que entran en shock tras presenciar el brillo segador que emana la sierra eléctricaEn cierto modo es una escena conmovedora, es como si la acción ocurriera en cámara lenta: chillan, empujan, se agarran de los pelos, simplemente enloquecen, Rosa se lleva la peor parte; los nervios y la presión se mezclan formando un cóctel que resulta devastador para su cuerpo, sufre un colapso y cae de espaldas sobre una mesita de té para niños, todos corren a asistirla.
Así concluye la tarde en el jardín "Luciérnaga Verde", pronto cae la noche y los bomberos marchan de regreso al cuartel, donde esperan deseosos otra misión de rescate. La pobre de Rosa termina recobrando las fuerzas que le arrebató el desmayo en la misma clínica donde se recupera su retoño, en cuanto a Miguel, bueno, podríamos decir que gracias a un guiño cruel del destino, Miguel ya no tiene que esperar hasta los cuarenta años para decirle adiós a sus piernas por la diabetes...
El saldo del día: un encantador niño en el hospital, una congregación de padres furiosos y consternados en vivo por el canal 7, un humilde jardín de niños con más de seis años de historia en su haber al borde de la clausura y un tobogán a estrenar que nadie se anima a usar. Durante las próximas semanas el caso Miguel toma un inesperado giro mediático gracias al "servicio" brindado por los medios de comunicación, en consecuencia, nace un proyecto de ley en el congreso que busca prohibir y castigar con penas de hasta cinco años de cárcel la presencia de toboganes y deslizaderos en cualquier centro educativo.
Como es de esperarse, pronto entran en escena los mismos anti patriotas de siempre a pregonar odio y desprecio contra el país, alegando que si hubiera pasado en China, los chinos habrían rescatado al niño sin la necesidad de cortarle las piernas, que el accionar de los bomberos fue una clásica muestra de ignorancia e incompetencia, que son todos unos imbéciles, unos inútiles...

Comienza otro día común y corriente en el jardín "Risueño", los niños juegan, las maestras los vigilan celosamente, el sol brilla dichoso en el cielo raso, los pájaros entonan armoniosas pegajosas melodías al unisono mientras revolotean y buscan comida, todo marcha a la perfección. Miguel, que viste una encantadora remera con la imagen de Superman plasmada en el pecho, saborea contento un caramelo de dieta mientras Laura, su nueva mejor amiga, empuja la silla de ruedas que lo traslada y llena el vacío que dejaron sus piernas. Laura lo lleva gentilmente hasta la sombra del árbol más cercano y le dice que volverá pronto, que tiene que buscar algo. Miguel se queda mirando en silencio cómo sus compañeros juegan alegremente a la rayuela y al patito feo, y a veces, sólo a veces, desea con mucho anhelo y entusiasmo levantarse de aquella aburrida incomoda silla marrón para volar hacía las nubes, sobrevolar la ciudad entera y luchar contra el crimen organizado, porqué en su mente inocente e infantil él es y será siempre Superman, con o sin piernas.

!!!EL FIN, MOTHERFUCKERS!!!



1 comentario:

  1. Que te "tengas que ir" y sepa perfectamente que sigues pegado al ordenador te debería dar que pensar sobre lo mucho o poco que te importa lo que te digo. Puede que algún día seas capaz de aguantar una conversación entera.

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