sábado, 4 de agosto de 2012

El Tipo del Ascensor

Corrección de cuento pendiente

El Tipo Del Ascensor

Por Adrian Nicolás Raimondi.



Jorge devoró gozoso el último pedazo de su hamburguesa grasienta y calórica, lamió los restos de mayonesa de las yemas de sus dedos y destapó una helada botella de Coca-Cola, de la cual bebió cómo un camello sediento. Finalmente, soltó un eructo prolongado y sonoro, de esos que parecen no tener final.
Raúl salió de su oficina con un lápiz y un anotador rojo en la mano, cruzó el pasillo y cuando llegó al hall encontró a Jorge despojando de su envoltorio a una segunda hamburguesa con queso caliente y humeante. Ver aquella escena tan familiar por cuarta vez en el día le dibujó una expresión de profundo malestar en su rostro. Se le acercó lentamente, irguiendo la espalda y cruzando los brazos en señal de autoridad le regaló una mirada por demás hostil.
-¿Cómo le va Raúl?, ¿Todo bien? –le preguntó Jorge, oliendo como un sabueso su sabrosa hamburguesa y rascándose la cabeza.
-¿Se puede saber qué estás haciendo? –respondió Raúl en un tono nada amistoso, era evidente que estaba molesto por algo.
Jorge lo miró confundido, no entendía porque tanta hosquedad.
-Nada, me tomo un descanso, nada más, en quince minutos sigo con el ascensor –contestó con la mayor naturalidad e inocencia posible.
Raúl se acomodó los lentes y lo apuntó a la cara con la afilada punta del lápiz.
-desde que llegué lo único que te ví hacer es comer, ¿Cuándo pensas trabajar?
-Jefe, tenía un poco de hambre y me puse a comer algo rápido, no se enoje
-No te pago para que comas te pago para que arregles el ascensor
-Bueno jefe, perdón, perdóneme, no sabía, no pensé que…
 -¡A trabajar carajo! –sentenció furioso Raúl.
Jorge guardó de inmediato la hamburguesa y la botella de Coca-Cola a medio terminar en el fondo de su vieja mochila y se puso a revisar algunos planos. Raúl escribió algo en su anotador y se marchó de regreso a su oficina embriagado en ese aire de satisfacción y superioridad que solo le otorgaba gritarle a un empleado holgazán. Jorge no le dio muchas vueltas al asunto, estaba acostumbrado a recibir órdenes y a tener que agachar la cabeza cuando se lo exigían, sabía que lo más prudente en situaciones así era callarse y dejar que el viento se llevara las hojas. Agarró la caja donde guardaba sus herramientas, se acomodó la hebilla del cinturón y por último observó el ascensor en cuestión: uno bastante viejo, gastado y sucio, pero a los inquilinos les resultaba útil.
Aparentemente, los botones del panel habían dejado de funcionar ayer por la noche, un anciano que vivía en el séptimo piso lo llamó y tras subirse apretó el botón para ir a la planta baja, sin embargo, allí se quedo, no importaba cuantas veces presionaran los botones, el ascensor no respondía. Lo mismo ocurría en todos los pisos y en la planta baja.
A los inquilinos no les divertía nada el asunto, en especial a los que vivían en las plantas más altas, ya que debían afrontar la exhaustiva tarea de bajar y subir las escaleras todos los días de la semana.
En lugar de subir siete pisos a pie, Jorge decidió empezar por el panel de la planta baja, solo para ver si podía conseguir que el ascensor descendiera. Sacó su destornillador amarillo y uno por uno liberó los tornillos del panel, luego sacó la tapa de metal y la dejó en el suelo.
Hasta ese punto todo fue tan fácil como tostar pan, ahora tocaba la parte difícil, el verdadero reto.
En el interior del panel averiado se amontonaban diferentes cables entrelazados y laminas verdes muy gruesas con puntos cuadrados metálicos y de distintos materiales. Jorge actuó guiado por su instinto: tomó un destornillador y comenzó a tocar el interior del panel, asegurándose de que nada estuviera flojo o roto. Luego de tres minutos haciendo lo mismo escuchó un sonido parecido a una descarga eléctrica. Siendo ignorante pero no idiota retiró de inmediato el destornillador, poco lo tentaba la fatídica idea de alojar unos cuantos voltios en su cuerpo.
Le pareció escuchar de nuevo aquel sonido, pero esta vez era mas débil, como un susurro. Jorge se rascó la cabeza con la punta del destornillador, observó confundido el complejo sistema que se suponía, tenía que arreglar, el problema era que no tenía ni la mas pálida idea de como hacerlo.
En sus cincuenta y seis años de aburrida existencia nunca había arreglado el panel de un ascensor, ni una sola vez, Jorge era un oportunista, cada vez que alguien le preguntaba si sabía cómo arreglar algo el respondía que sí, sin embargo, la mayoría de las veces la realidad distaba mucho de su palabra.
Miró nervioso la puerta de la oficina de Raúl; seguía cerrada. Aunque no quería, no pudo evitar imaginarse como se pondría cuando saliera y lo viera allí sentado, sin hacer nada, mirándose las manos y aún con el ascensor en el séptimo piso.
Molesto con el mundo entero y con sigo mismo, agarró su destornillador favorito y lo tiró con rabia contra el panel, la herramienta rebotó y cayó en el suelo, a escasos centímetros de sus pies. Algo pasó: súbitamente, la energía eléctrica resucitó y despegó como un cohete que revivió los cables, y luego al sistema entero, como resultado, el ascensor ya podía bajar hasta la planta baja. Jorge había arreglado por primera y quizás última vez en su vida el panel de un ascensor, desafortunadamente, ni siquiera lo sabía.
Se levantó del suelo y resignado guardó el destornillador en su caja de herramientas, agarró la tapa del panel y con sumo cuidado la volvió a colocar.
Sacó su billetera y se puso a contar los pesos que había ganado durante el último mes; no era mucho, no alcanzaba para pagar la hipoteca, ni siquiera para tomarse un taxi. Una mezcla de decepción y rabia nació en su interior, se puso a maldecir en voz baja y a dar pisotones, cuando la presión se tornaba abrumadora Jorge acostumbraba a cerrar los ojos, respirar hondo y contar hasta diez, como le recomendaba su esposa, por más que le costaba siempre lo intentaba y aunque no era el método más efectivo para calmar las llamas al menos conseguía aplacarlas un poco. Cerró la billetera y en un ataque de nervios veloz y fugaz la tiró al suelo, esta se deslizó rápidamente por el piso de mármol hasta caer en la boca oscura y vacía de la entrada del ascensor. 
Jorge no podía creerlo, su mente quedó en blanco durante unos segundos, luego, las tentadoras ganas de gritar como un loco dijeron presente. No gritó, miró a su alrededor buscando algún testigo de su idiotez, pero no había nadie presente, solo él y su sombra. 
No lo dudo ni por un segundo, tenía que recuperar su billetera y lo antes posible, con toda seguridad su nuevo trabajo correría la misma suerte que los anteriores, en resumen; necesitaba su dinero de vuelta en sus bolsillos.
Inspeccionó con cuidado el interior de aquel hueco, pero era prácticamente imposible distinguir la billetera entre tanta oscuridad, estaba tan oscuro que ni siquiera podía ver el suelo. El foso no parecía muy hondo, pero para cerciorarse agarró la escoba que había dejado el encargado y la uso como bastón, palpo el fondo y se alegró bastante al descubrir que no era demasiado profundo.
Dejó la escoba donde la encontró, se sacó el cinturón para movilizarse con mayor facilidad, luego se desabotonó el cuello de la camisa, cerro los ojos y respiró lentamente para tranquilizarse un poco.
Con su linterna en mano se acercó al borde, se sentó, se armó de coraje y finalmente se tiró. Cayó con suerte, sus rodillas se llevaron la mayor parte del impacto, sus manos lo ayudaron a amortiguar su peso, se levantó torpemente, un fuerte dolor subió por su espalda y llegó hasta la nuca, sus manos temblaban, con la linterna alumbró el suelo y se puso a buscar la billetera en cuestión. No le llevo mucho, allí estaba, cerca del centro, varias monedas de diez centavos se habían desparramado por doquier, la mayoría se encontraban en una esquina, al lado de una vieja espesa telaraña. Mientras las juntaba no pudo evitar pensar en el ascensor. Levantó la vista y se quedo mirándolo, tal y como aseguraron los vecinos; estaba en el séptimo piso, completamente muerto.
Siguió buscando las monedas faltantes pero esta vez con más prisa, ver el ascensor lo puso nervioso, comenzaba a cuestionarse su accionar, quizás bajar al foso del ascensor no fue una idea tan brillante después de todo.
Cada sonido, por más lejano que fuera, le provocaba escalofríos, no podía dejar de imaginarse al ascensor cobrando vida, tampoco de reproducir en su mente el ruido de los viejos metales chillando como demonios que anticipaban su destino. Encontró la última moneda, respiró aliviado, ahora solo tenía que salir de allí.  Guardó la billetera en su bolsillo, se aferró al borde de la entrada del ascensor y trató con todas sus fuerzas de subir, pero no lo consiguió, su obeso cuerpo cumplía una suerte de maldición que, con ayuda de la gravedad, lo arrastró de regreso al fondo del foso. Se levantó y lo volvió a intentar, a pesar del esfuerzo puesto no consiguió escapar, quedó colgando del borde. Sus mórbidos brazos no resistieron, se soltó y volvió a caer hacía atrás, está vez, el impacto fue diez veces más doloroso. Se levantó por tercera vez, ahora comenzaba a preocuparse de verdad, el dolor en sus extremidades se tornaba autenticamente molesto.
-!Ayuda!, !No puedo subir, ayúdenme! -gritó y gritó, sin embargo, no obtuvo respuesta alguna.
Comenzó a dar saltos muy cortos con la esperanza de ver a alguien, pero para su desgracia el lugar estaba desierto.
-!Raúl!, !Ayuda por favor!, !Me caí y no puedo subir! -siguió gritando sin cesar.
Gritó, aplaudió, golpeó las paredes, volvió a aplaudir, mas nadie atendió su llamado.
De repente, la puerta de entrada se abrió de par en par y alguien entró en el edificio. La persona en cuestión era Emilia, una encantadora anciana de noventa y dos años que vivía en el séptimo piso, recientemente se había mudado al departamento de su única nieta por razones de salud, era bien conocida por todos los vecinos, en especial por su peculiar e inconfundible forma de vestir; siempre de rosa y celeste.
El peso de los años había dejado a Emilia completamente ciega y parcialmente sorda, cada vez que salía llevaba consigo su herramienta más valiosa; un elegante bastón de madera antigua, era lo único que necesitaba para trasladarse con éxito.
Aunque no podía ver y apenas escuchaba el soplar del viento, abandonaba el edificio con regularidad para cobrar la pensión de su difunto esposo, aquel día estaba feliz, la suma que le había tocado cobrar fue mas generosa que de lo usual.
Emilia caminó a paso de tortuga por el pasillo hasta el hall y se detuvo frente al ascensor, guardaba en su memoria marchita cada detalle del entorno, sabía exactamente a que altura estaba el panel y donde se encontraba el botón correcto para llamarlo.
Al verla, Jorge sintió un profundo alivio que lo liberó de toda inquietud.
-!Señora!, !ayúdeme por favor, me caí! -le dijo, ahora un poco más calmado.
Pero Emilia no pronunció ni una sola palabra, porque no podía escucharlo, ni siquiera sabía que un hombre estaba atrapado en el foso del ascensor.
-!Por favor, vaya a buscar a Raúl para que me de una mano, está en su oficina! -continuó.
Sin pronunciarse y con su mano derecha temblando como un pedazo de gelatina apretó el botón rojo; el responsable de traer el ascensor hasta la planta baja. 
Este respondió con una secuencia de mecanismos que pusieron en marcha su inminente descenso. 
-Ah, cierto que no funcionaba -dijo Emilia para si sola.
Jorge levantó la cabeza y observó horrorizado como el implacable ascensor se despertaba, cada vello en su cuerpo se erizó, su voz se apagó por completo, no podía creer que algo así estuviera pasando realmente, era algo digno de ver en una película, no de vivirlo en carne propia.
Sin perder tiempo saltó y se aferró como pudo al borde de la salida, trató con todas sus fuerzas de subir, pero igual que antes, no podía conseguirlo, se sentía como un gato tratando de escapar de una bañadera.
-!Socorro!, !Ayúdenme, por favor, se lo ruego! -vociferó.
Esta vez Emilia consiguió escucharlo pero se asustó y retrocedió unos pasos.
-¿Qué pasa? -preguntó con un hilo de voz afónica.
Alertado por el escándalo, Raúl salió de su oficina y tras ver a Jorge colgando del borde de la entrada del ascensor gritando y jadeando lo comprendió todo. 
La adrenalina fluyó velozmente como un rió implacable por sus venas, corrió, hizo un lado a Emilia y agarró a Jorge con ambas manos, trató con todas sus fuerzas de ayudarlo a salir, pero él era, simple y llanamente, demasiado pesado.
-!Agarrate fuerte!, !Fuerte!, !Fuerza, fuerza! -lo instó sin parar.
-!No puedo, no me suelte, no me suelte! -imploró Jorge al borde de las lagrimas, su rostro había pasado del blanco espectral a un rojo chillón.
-!Fuerza Jorge, vamos, fuerza carajo! -gritó Raúl haciendo todo el esfuerzo humanamente posible por subirlo.
-!Ahí viene, ahí viene!, !La puta madre, ahí viene! -chillaba Jorge sin parar, ahora en un claro estado de shock.
Mientras tanto, Emilia permanecía inmóvil y expectante ante la peculiar escena.
-¿Qué pasa?, ¿Por qué grita? - preguntaba una y otra vez sumamente desorientada.
-!Vamos Jorge, con fuerza, haga fuerza!
-!Por favor no me suelte, no me suelte, se lo ruego! 
El ascensor pasó el segundo piso, luego el primero, al percatarse de su inminente descenso y temer por caer también Raúl no tuvo otra opción que soltar a Jorge y dejarlo en manos de su destino. Fue un acto reflejo, ni siquiera lo planeo, solo pasó.
Jorge cayó de espaldas al suelo del foso y quedo tendido como un muñeco de trapo, miró con ojos vidriosos como el ascensor bajaba lentamente hacia él para darle un beso de buenas noches.
Llorando un mar de lagrimas y temblando igual que un niño asustado, cerró los ojos y como último recurso lanzó un manotazo de ahogado: pidió ayuda al cielo.
-!Dios te lo ruego, virgencita de...-sus huesos crujieron lenta y simultáneamente, sonó como cien bolsas de papas fritas siendo aplastadas por un martillo gigante.
Ahora, todo lo que se escuchaba era un menjunje de carne, huesos, arterias, órganos, sangre y todo lo que el pobre de Jorge albergaba en su interior revolviéndose y desparramándose por doquier. Raúl no podía pronunciar ni una sola palabra, estaba anonadado. Se apartó unos metros y en un silencio fúnebre contempló como el ascensor abría sus puertas y lo invitaba a subir. El ruido perenne de la carne humana aún moliéndose le provocó un mar de nauseas y mareos incontrolable, tuvo que sentarse y taparse los oídos para no vomitar.
Por su parte, Emilia no parecía muy perturbada, más bien, su rostro evidenciaba lo confundida y desorientada que estaba, quizás por el abrazo de la senilidad, que apenas la dejaba recordar cuál era su nombre.
-¿Qué pasa? -preguntó mirando para todos lados igual que un búho  -¿Ya funciona el ascensor?

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