miércoles, 6 de junio de 2012

El Papa Está Muerto

Corrección de cuento pendiente



El Papa Está Muerto

NOTA IMPORTANTE: El siguiente relato fue escrito como una BROMA y así debe tomarse.
No siento rencor ni odio hacia ninguna de las personas citadas.

Son días de poca fe. El mundo en el que vivimos se ve acechado por villanos déspotas y desastres sin precedentes, no es extraño que todo se dirija en picada igual que un avión sin piloto. Ya no hay valores, amor, ni respeto por el prójimo.
En Italia los fieles son muy consientes de esto, por ese motivo, cada año esperan deseosos alguna señal del cielo que ilumine sus almas y de resguardo a sus corazones, algo tan poderoso que mantenga la fe a flote incluso cuando las nubes del escepticismo y la razón nublan el paraíso que el señor mismo creó para el hombre. 
Para premiar la empedernida e implacable lealtad de sus amados seguidores, el Papa decidió pasearse en su nuevo y reluciente Papamóvil último modelo el viernes por la tarde.
Estaba todo planeado; con mucho orden y parsimonia saludaría a la inmensa congregación eufórica, al final del día cerraría todo con broche de oro; les regalaría uno de sus profundos y tan conmovedores discursos rompe-corazones y derrite-almas.
El sol brillaba dichosamente en el cielo, los pájaros entonaban alegres y armoniosas melodías, el viento brillaba por su ausencia y no había ni una sola nube en el cielo; era el día perfecto para que la santidad se diera un merecido paseo y se distanciara de las labores cotidianas que tanto lo estresaban.
En la plaza del Vaticano los feligreses comenzaron a crecer en número; al principio solo eran quinientos, luego fueron mil, mas tarde cinco mil, finalmente, la cifra llegó a diez mil devotos entusiasmados aglomerando las calles. Usando empujones y disculpas poco creíbles como armas, los mas ansiosos; que no eran pocos, se abrían paso entre la densa multitud para llegar al otro extremo de aquella masa homogénea de gente, llevaban esperando por mucho tiempo y no se perderían al Papa por nada del mundo.
Para la alegría del público impaciente y de los reporteros ansiosos por un primer plano del santo padre, muy a lo lejos, sobre el horizonte apareció glorioso el Papamóvil. El vehículo que albergaba al Papa adentro de un cubo transparente igual que una figura de acción avanzó a paso de tortuga enferma para que nadie se perdiera el privilegio de verlo con sus propios ojos. Con la mayor naturalidad posible el auto siguió su camino a través de aquel mar de gente enajenada mientras el santo padre exhibía una amable sonrisa y regalaba cruces imaginarias hechas en el aire con sus dedos. Lo hizó una vez; una señora sesentona y obesa rompió en un llanto de felicidad, lo hizó de nuevo; gritando y secándose las lagrimas, un hombre de unos cincuenta años le dio las gracias por tal regalo, lo hizó una vez más; de la emoción, un sujeto muy alto, delgado y pálido como un cadáver se desmayó y cayó sobre el suelo. En solo cuestión de segundos la muchedumbre hambrienta se encargó de devorar su cuerpo inmóvil.
Como siempre, la seguridad era muy estricta; un centenar de guardaespaldas forzudos, entrenados y bien armados vigilaban con recelo todo el perímetro, cada detalle, cada persona, no sea cosa que algún desafortunado acontecimiento los tomara por sorpresa y la vida del sumo pontífice corriera algún riesgo. Cuando se trata de alguien tan importante como el Papa hay que ser meticuloso y extremadamente precavido, porque nada le demuestra tanta fe a Dios como salir a la calle con un espejo anti-balas pegado a la frente y un equipo entero de guardias pegados al culo.
Mientras más avanzaba el papamóvil, más agitado y ruidoso se tornaba el gentío, todos querían verlo con sus propios ojos, querían que él los mirara, querían tocarlo, o aunque sea tocar su ropa, el fanatismo y la devoción que generaba aquel señor de aspecto ameno era algo extraordinario.
Pero muy a pesar de todo el esfuerzo puesto por parte del equipo a cargo de la seguridad papal algo inesperado y contradictorio ocurrió. Sin previo aviso, el motor del papamóvil murió con un chasquido sonoro. Las ruedas dejaron de girar, el caño de escape no escupió mas humo y el vehículo se detuvo por completo. Curiosamente, el Papa fue el último de todos en notar que su mundo ya no se movía.
Y allí se quedo el papamóvil y sus ocupantes; rodeados por un mar sofocante de gente exaltada. Ni lentos ni perezosos, todo el equipo de seguridad se movilizó de inmediato e inspeccionó cuidadosamente cada parte del auto, pero no encontraron ni un tornillo flojo.  Por último revisaron el motor, el corazón de todo vehículo. Allí descubrieron absortos que este ya no volvería a funcionar, hilos de humo blanco y espeso escapaban por sus bordes; había muerto y para siempre. Le comunicaron la noticia al Papa y acto seguido llamaron a un segundo Papamóvil para que lo fuera a buscar y así seguir con el recorrido (los del vaticano piensan en todo).
El nuevo papamóvil tardaría diez minutos en llegar, simple y llanamente no quedaba otra cosa por hacer que seguir regalando cruces imaginarias y sonrisas cordiales al público confundido.
Quizás era por el inquietante hecho de estar “atrapado” en medio de tanto ajetreo y ruido o por el inesperado contratiempo que amenazaba con arruinarlo todo, sea cual fuese el motivo una cosa era cierta; la presión de ser el centro de toda la atención comenzaba a surgir efecto en el sumo pontífice. Diminutas gotas de sudor brotaron simultáneamente de su frente, al pasar la mano y notar la yema de sus dedos cargadas de transpiración pensó que probablemente se debía al aire caliente atrapado en la capsula, o quizás eran sus nervios, que se habían propuesto jugarle una mala pasada en celebración de un contratiempo que jamás le había tocado afrontar.
Una mancha deforme de sudor fresco creció y se estableció en el cuello de su vestimenta, lo mismo ocurrió debajo de sus axilas, en la zona de los hombros y de la espalda, luego de cinco minutos estaba bañado en su propio jugo, igual que un pollo al horno.
La gente se estaba impacientando, igual que los medios de comunicación, no podían dejar de hacerse preguntas: ¿Qué pasa?, ¿Por qué no viene?, ¿está todo bien?, ¿le pasó algo?
Algunos guardaespaldas se acercaron más al papamóvil tras sentir la tensión creciente en el publico, vieron la expresión de preocupación e impaciencia que se había dibujado en el pálido rostro del papa, pero no había nada que pudieran hacer más que esperar al segundo auto, ya que cambiar el motor era una tarea imposible. De pronto, el Pontífice escuchó un débil gruñido a su alrededor que le puso los pelos de punta, pensó que el motor había vuelto a la vida igual que Jesucristo por obra de una intervención divina, pero el auto no estaba temblando ni avanzando.
Miró hacia todos lados, inspeccionó cada rincón buscando el origen de tan extraño sonido, pero no encontró ni una sola pista. Volvió a escuchar el mismo gruñido, esta vez fue más fuerte y prolongado, pero tampoco encontró una explicación clara, finalmente, lo escuchó por tercera vez y descubrió de donde provenía ese ruido tan perturbador; de su estomago.
Alarmado y sumamente angustiado comprendió porque estaba sudando a chorros y porque su estomago protestaba sin cesar; la naturaleza lo había estado llamando a gritos, pero claro, adentro de esa capsula anti-maniáticos ¿cómo la iba a escuchar?, los agobiantes días de constipación que lo habían privado de ir al baño ahora llegaban a su fin y en qué momento tan oportuno…
Sintió fuertes convulsiones y dolores intensos en su barriga, el intestino grueso se despertó y comenzó a trabajar enardecidamente, los gruñidos y los ruidos intestinales alcanzaron su punto crítico.  
Usando la rapidez y sincronización digna de un ninja el papa apretó las nalgas con fuerza para impedir que lo que luchaba por salir y ser libre manchara su ropa, el suelo del papamóvil y su valiosa reputación para siempre.
Empapado de pies a cabeza en sudor y con ambas rodillas temblando como torres de naipes a punto de derrumbarse llamó con un gesto a un guardia de seguridad, que al verlo se le aproximó casi corriendo, temiendo que por su aspecto pálido y brilloso al papa le hubiera bajado la presión o algo peor. Él pontífice le hizo saber de una manera muy discreta y sincera la urgente necesidad que tenia de ir a un baño lo antes posible.
El guardia asintió con la cabeza y le dijo que no se preocupara por nada, que todo iba a estar bien, que el segundo papamóvil ya estaba en camino y se lo llevarían en cuestión de segundos. Un poco más calmado, el papa se dio media vuelta y volvió a mirar a su público expectante, siempre apretando la cola, soportando los infernales dolores que torturaban a su estomago y regalando cruces invisibles algo torcidas.
El guardia sacó un Handy de su bolsillo y sin desperdiciar tiempo valioso le comunicó a sus compañeros cercanos al perímetro la delicada noticia: el papa se estaba cagando encima.
Todo se movió más rápido; el equipo de seguridad, alarmados por el grave estado del Papa, el segundo papamóvil, la gente cansada de tanto esperar y los intestinos del santo padre, quien seguía aguantándose las tentadoras ganas de defecar allí mismo.
En un descuido que no pudo evitar el papa se llevó la mano que usaba para crear cruces a la panza y sintió los rugidos de su estomago en la palma, la dichosa sonrisa en su rostro se estaba desvaneciendo, ahora sus labios formaban una especie de “s” torcida.
Al ver esto el equipo entero de seguridad se puso más alterado, tenían que sacar al Papa de allí y rápido, de lo contrario lo peor podía pasar en cualquier momento.
Muy apenada la multitud se dio cuenta de lo que estaba pasando, primero lo supieron los que estaban al frente y luego la noticia viajó hasta los oídos del último ser viviente en la congregación; su líder y amado señor de fe estaba listo para expulsar un demonio, y uno bastante grande por lo visto.
Como un hermoso ángel a su rescate el segundo papamóvil apareció a lo lejos. En él viajaba un grupo integrado por cuatro guardaespaldas que traían consigo un inodoro portátil y ropa interior limpia y planchada, por las dudas. Rojo como un tomate a punto de explotar, el papa miró aliviado como el nuevo papamóvil avanzaba hacia él y se detenía a solo diez metros de distancia.
Todos se miraron las caras, la gente, los guardias, incluso los pájaros parecían confundidos,  nadie comprendía que estaba pasando. Como por obra y gracia de una maldición el segundo papamóvil se había averiado igual que el primero, los guardias se movilizaron y revisaron el problema inmediatamente. Para el alivio de todos, el problema podía ser resuelto en cinco minutos, así que le dijeron al sumo pontífice que tendría que caminar la distancia faltante hacia el nuevo papamóvil para ganar más tiempo.
Dos guardias lo tomaron por los brazos y lo ayudaron a bajarse, le preguntaron si podía caminar y si no quería que lo llevaran en brazos, pero él se negó rotundamente.
Paulatinamente y con el sustento de los guardaespaldas que lo sostenían firmemente el santo padre comenzó a transitar los pocos metros que lo separaban de la paz que tanto anhelaba. Arrastrando los pies y rechinando los dientes avanzó dos metros completos, pero se tomó un merecido intervalo para descansar de tan cruel castigo y así llenarse los pulmones del dulce aire fresco que congelaba su cuerpo sudoroso.
Durante el descanso el Papa alzó la mirada y observó al papamóvil, que lo esperaba a solo ocho metros de distancia, tan cerca y sin embargo parecía tan lejos. Bajó la mirada y observando con enojo el suelo de la plaza soltó en voz baja su primera maldición en siete años de abstinencia a las malas palabras. Se le escapó. Después del descargo la conciencia hizó lo suyo y la culpa tocó a su puerta, muy arrepentido pidió perdón al cielo y preocupadísimo le solicitó a Dios las fuerzas necesarias para seguir adelante y llegar hasta el papamóvil.
Aspiró un soplo de aire fresco que le devolvió la vitalidad a su cuerpo y siguió con la odisea. Avanzó tres metros que le parecieron interminables, a estas alturas los gruñidos en su estomago sonaban como los rugidos de criaturas mitológicas rabiosas y hambrientas. Sintió un mar de nauseas subir desde lo profundo de su garganta y detenerse justo a la altura de la nuez, el sabor caliente y repulsivo a vomito fresco casi lo noquea como a un boxeador. Lo que sea estuviera pasando en su cuerpo no era nada bueno ni nada conocido, nunca en su vida se había sentido tan enfermo.
Igual que un ladrón astuto y vivaz una olorosa flatulencia consiguió escapar por su orificio rectal, impregnando su ropa interior y el aire con un olor de lo más nauseabundo.
Los guardias, que estaban detrás vigilándole las espaldas, lo percibieron de inmediato pero ninguno se atrevió a decir nada, siguieron marchando con sus típicas caras de personal serio y profesional pero los puentes de sus narices se arrugaron con el objetivo de no respirar ese fétido pedo bendecido.
Temieron lo peor; que la santidad finalmente hubiera defecado en sus interiores, pero no había ninguna mancha marrón creciendo en su parte trasera, se aliviaron y apuraron el paso.
La gente miraba con lastima la hilarante caminata, algunos no podían contenerse y sin miedo a ser vistos como cerdos insensibles soltaban carcajadas hasta partirse las costillas. Los fotógrafos usaban sus cámaras como si fueran ametralladoras, consientes de qué cualquier diario o revista del mundo pagaría una suma millonaria por una portada que mostrara ni nada más ni nada menos que el mismísimo Papa cagado encima.
Otros pensaban en abalanzársele cuando el pobre finalmente se rindiera, para recoger el excremento del suelo con sus propias manos, mierda que pronto se convertiría en dinero.
Pero para la sorpresa de algunos y el disgusto de pocos, el Papa siguió avanzando y no soltó ni una sola gota de excremento, parecía un anciano amable y débil pero cuando se trata de asuntos críticos demostró ser alguien duro.
El papamóvil ya estaba a solo un metro de distancia, el guardia que lo había estado arreglando terminó su trabajo y se subió a la cabina del vehículo, lo encendió y el motor respondió gustoso. Ahora solo faltaba lo más importante; subir al sumo pontífice y largarse de allí como diablo que lleva alma en mano.
El papa llegó a la puerta del papamóvil solo para darse cuenta de un detalle que amenazaba con echar a perder todo el esfuerzo que le tomo el recorrido; tenía que subir un escalón para entrar en la capsula de vidrio antibalas. Bajo condiciones normales eso no habría sido problema alguno, pero con cólicos estomacales explotando como bombas nucleares y las imparables e impredecibles convulsiones que sufrían sus intestinos, doblar la rodilla y levantar la pierna le podía costar un traje carísimo arruinado.
Nadie jamás se olvidaría de aquello; el día que el Papa sufrió un ataque de diarrea imparable. No era factible que algo así pasara, no señor, todos los que trabajaban en el vaticano lo sabían, Jesús no se cago encima mientras lo azotaban, lo humillaban y lo colgaban en la cruz, María tampoco cuando supo que había quedado embarazada por arte de magia, y por supuesto, no lo haría el sumo pontífice, al menos no ese día y no frente a tanta gente.
Al ver el miedo en los ojos del Papa los guardias decidieron actuar con rapidez, lo tomaron por detrás y lo subieron, apenas sus pies tocaron el borde del interior del auto una segunda flatulencia mas apestosa y cargada de diminutas heces fecales salió de su ano y aterrizo en las caras inexpresivas de los guardaespaldas, que ya estaban asqueados hasta la medula.
El papa se sentó en el asiento del papamóvil y los guardias se encargaron de cerrar la puerta para dejarlo solo con sus gases nocivos. El auto empezó a avanzar pero antes de que el conductor pudiera preguntarle cómo se sentía el santo padre soltó un grito de dolor y se tocó el pecho, comenzó a temblar y a gemir de sufrimiento. El papamóvil se detuvo y diez guardias y seis paramédicos corrieron para atenderlo, pero las desgracias ocurren con rapidez y desafortunadamente no había nada que pudieran hacer; el papa había muerto.
Un infarto, fue lo primero que dijo el paramédico cuando lo revisó. Trataron de revivirlo con un desfibrilador, pero fue en vano. La multitud perdió la cordura como si el presidente de la nación hubiera anunciado el comienzo de una guerra, había gente corriendo por todos lados, llorando, gritando, rezando.
Ahora los fotógrafos tenían algo diez mil veces mejor que una foto del papa cubierto en sus propias heces; una foto del papa muerto.
Los guardaespaldas no podían decir ni una sola palabra, los curas y el personal del vaticano tampoco, en la televisión todo lo se podía ver era un primer plano del sumo pontífice  muerto, liberando sus intestinos y manchando su cuerpo, su ropa y las almas de los devotos y no creyentes con mierda de la mas inmunda y apestosa.


REPITO: el relato anterior fue escrito como una BROMA y así debe tomarse.
No le deseo la muerte a nadie ni quiero que nadie se cague encima…



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