lunes, 14 de mayo de 2012

Los Wachiturros Están Muertos




Me imagino a los Wachiturros en pleno concierto: moviéndose y empujándose como gorilas drogados y desorientados mientras el mar de tarados que llamaremos publico enloquece y corea al unisonó sus incomprensibles e incoherentes “canciones”.
De pronto, el líder (el más imbécil de todos) se pone al frente y exhibe una cara de mártir total mientras saluda al publico histérico, por la expresión de sufrimiento en su rostro, parece como si en realidad estuviera aguantándose las ganas de correr al baño. Finalmente, estira los labios igual que un pato para completar la expresión de simio-idiota y mueve la cabeza de atrás hacia adelante como un avestruz. Los demás integrantes se posan a su lado y entre todos forman una línea recta, al mismo tiempo comienzan a pisar el suelo como si estuvieran aplastando huevos y a mover los brazos igual que focas bebes. Mientras bailan y sufren una sobredosis de idiotez extrema, el tornillo de una enorme viga que cuelga del techo cede y cae al vacío, esto desencadena un efecto domino; como si se tratara de un suicidio en masa, todos los tornillos restantes se sueltan y caen hasta golpear el piso. La pesada y maciza viga de metal y hierro desciende velozmente del techo e impacta contra el suelo del escenario, produciendo un ruido estruendoso que es acompañado por los gritos desgarradores del público horrorizado. Ahora los Wachiturros se parecen más al vomito baboso y pastoso que me dejó mi perro el verano pasado por comerse un crayón que a los tarados que se tiraban pasos. Un ojo por acá, una pierna arrancada de cuajo por allá, un brazo desmembrado escurriéndose arriba del amplificador y las remeras Lacoste; arrugadas, empapadas con sangre y llenas de pedazos astillados de huesos y carne flácida. Se terminó, los Wachiturros están muertos, y bien muertos. El público entra en pánico, en especial los que tuvieron el infortunio de estar al frente, que se llevaron la peor parte; sus rostros se ven salpicados con jugo de Wachiturros y el olor dulzón a sangre fresca penetra sin piedad en sus narices y bocas abiertas de espanto.
El concierto se convierte en un caos total; entre empujones, gritos y golpes, los fanáticos buscan desesperados la salida, no pueden creerlo, sus ídolos se transformaron en una masa deforme y pegajosa frente a sus propios ojos, ahora sienten la urgente necesidad de tirarse desde lo alto de un edificio.
Un empleado de limpieza sube corriendo al escenario con un trapo en la mano pero tropieza con lo que queda del cantante pegado al suelo. Si yo fuera un Dios, y tuviera un mínimo de sentido común para la justicia, juro que esto ya habría pasado hace muchísimo tiempo atrás…y volvería a pasar, pero con el Papa, como lo odio…




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